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Los ‘paisas’ son montañeros o, al menos, así se definen ellos mismos, pues viven en una ciudad literalmente cercada por montañas. Su geografía se nota enseguida cuando el bus se acerca por la carretera que conecta a Medellín con el aeropuerto José María Córdova.

Entre paisajes repletos de vegetación, aparece de golpe la urbanidad que se trepa por las montañas. Las casas de ladrillo visto son manchas que hace tiempo cubrieron las fronteras de la ciudad. Las atraviesa una vía de 28,8 kilómetros que, de lejos, se ve como una línea. Es el Metro.

“‘Parce’, para llegar al centro, se sube con dirección a La Estrella y se baja en Universidad”. Las indicaciones las conocen bien quienes recorren la urbe todos los días a bordo de los trenes eléctricos. Son más de las 11:00 y la gente entra y sale con rapidez por los accesos de la estación Caribe. Para llegar ahí hay que subir gradas como de tres pisos porque la vía es elevada. En la pared que está antes de las casetas de cobro hay un letrero con los compromisos del pasajero.

‘Cultura metro’

Están ahí sin que los antioqueños les presten mucha atención porque las conocen desde 1998 cuando empezó la campaña de formación de usuarios. Se llama ‘cultura metro’ y todos la practican. A esa hora hay una fila de cinco personas que van a pagar. Los que tienen la tarjeta cívica recargada pueden ingresar directo, pero los que no, deben comprar un pase. Voy hasta la Universidad, cuesta 2.400 presos colombianos (76 centavos de dólar).

Desde el andén se puede ver el río Medellín que en octubre y noviembre es caudaloso por las lluvias. Cuando el tren se aproxima me alisto para subir. Los tres vagones llegan casi vacíos. Todos los asientos están ocupados y hay unas 10 personas de pie. Dos chicos leen libros, mientras el vehículo se desplaza a una velocidad constante de 37 km por hora. No hay frenazos bruscos, curvas a velocidad, ni aceleraciones desesperadas. El viaje es como un empujón suave.

Al otro lado de la ventana está de nuevo el paisaje de la capital de Antioquia, muy parecido al de Quito. Parecen ciudades gemelas, solo que la metrópoli colombiana supera a la ecuatoriana en 60 kilómetros cuadrados (380,64) y más de 800 mil habitantes (3’821.797).

“Gracias por comportarte bien en el Metro”, dice una voz masculina pregrabada que constantemente repite recordatorios de buena conducta, como ceder el asiento. Todo luce limpio. Los ventiladores permiten que adentro el ambiente se mantenga en unos 15 grados centígrados, al menos 10 grados menos que afuera. No hay ni un rayón en los asientos. Los habitantes de Medellín pueden sentirse orgullosos de que en 23 años de existencia del Metro, no le han ocasionado ningún daño a los trenes.

Un instante antes de frenar en la parada Universidad, la voz del parlante dice: “Recuerda comportarte en el centro como te comportas en el Metro”. Las puertas se abren y bajo en orden con unas 50 personas a una estación de gradas decoradas con flores y vista al parque Explora y el Jardín Botánico.

Un Metro imparable

Noviembre de 1995: “Lo logramos. Por pujantes, por capaces, por luchadores, por creer, por tener fe”. “Por tenaces lo logramos”. Con mensajes como estos, Medellín inauguraba el primer metro de Colombia y de Latinoamérica. La primera línea de transporte empezaba a transformar la vida de millones de personas, después de 16 años de expectativa en los que superaron problemas como la paralización de las obras por más de tres años.

Una vez que los trenes empezaron a circular, el desarrollo no se detuvo. El año siguiente se inauguraba la línea 2, en 2004 los primeros Metrocables, más tarde, se incorporaban otros servicios como el Metroplús (alimentadores). La tarjeta cívica sirve para ir hasta en bicicleta. Fallace, un antioqueño de 54 años, las ha usado para transportarse. Él vive en Envigado y aunque dice que es “acá cerca”, Envigado es una ciudad distinta a Medellín, que terminó unida a la gran metrópoli por su crecimiento acelerado.

Todos los días se sube al Metro y llega al parque Explora para conectarse a la red de Internet gratuita que hay ahí. La utiliza para buscar trabajo, porque no le alcanza para pagar un plan de datos. Toda su vida fue conductor de camiones y le iba bien, pero hace algunos años la situación se complicó, empezaron a rechazarlo por la edad. Para él, el Metro es fundamental porque lo ayuda a cruzar la ciudad entera cuando tiene una entrevista o un trabajo esporádico.

TRANSPORTE. La ruta de cable con rumboa al parque Arvi fue la primera que se inauguró en Medellín.

En las alturas

Por tierra y por aire se moviliza ahora el Sistema Metro. ¿Se acuerdan del video viral de una anciana que insultaba porque le daba miedo el movimiento de la canastilla del cable? Sí, fue en el Metrocable de Medellín, en la línea más antigua que conecta Acevedo con Santo Domingo y luego con el parque Arvi.

El Dato
El 30 de noviembre se celebrarán los 23 años de este sistema de transporte. 

Santo Domingo está en una de las montañas. Fue por mucho tiempo uno de los barrios más peligrosos de la ciudad. Gabriel y Beatriz viven en Santa Elena, un poblado que está después de Arvi, al otro lado de la montaña.

Bajan en Metrocable hasta Santo Domingo una vez a la semana para comprar alimentos. “Lo que nos alcanza”, dice Gabriel, quien se dedica a cuidar autos en la zona poblada. La gente le paga con monedas, ese día, una turista le dio un euro. A él no le sirve para nada.

El Metrocable volvió turístico a Santo Domingo y permitió que más gente llegara a conocer la biblioteca España (cerrada temporalmente), una estructura gigantesca construida en una zona elevada de la montaña. Los visitantes disminuyeron desde que cubrieron con plásticos la construcción, porque se estaba deteriorando. Lo cuenta con algo de pena Yan Carlos, un chico de 17 años que es guía local.

El Dato
Cada cabina de Metrocable viaja a 18 kilómetros por hora, su estructura de vidrio transparente permite una vista panorámica de la ciudad.
Se acerca con amabilidad a las personas que llegan y les pregunta si puede contarles la historia de su barrio. La conoce de memoria, las épocas de violencia (tiempos de Pablo Escobar) y luego la transformación. Hay un mural en el que lo retrataron. “Ahí estaba con ‘brackets’”, dice y se enorgullece de ser parte de un proyecto que les ha dado otras expectativas para el futuro. Espera que en algún momento vuelvan a abrir la biblioteca para que los turistas aumenten.  (Diario La Hora)

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