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Viste chaqueta de pana, gorra de lana, un par de zapatos viejos y los jeans que a Francisco, a sus 14 años de edad, ya le quedan chicos. Sus brazos y piernas están llenas de papel periódico arrugado y aserrín, y lleva puesta una careta que, dicen, se parece al abuelo Remigio.

En efecto, el abuelo Remigio y la careta se parecen. “A lo mejor este año también me voy, uno nunca sabe. Pero a mí me han de enterrar por viejo, a este le van quemar por feo”, dice el anciano, entre risas.

Una tradición que no se olvida en Ecuador a pesar del paso del tiempo es la quema de monigotes. Los ‘viejos’ permanecen en el alma de los ecuatorianos sin importar edad, lugar, ni distancia.

Hace 15 años, cuenta Édison Guerrero, confeccionaban los monigotes con ropa vieja, aserrín, se preparaba una pequeña choza con ramas de eucalipto y se esperaba hasta la medianoche para quemar al viejo y dejar ir con este todo lo malo del año vivido.

De todo esto solo permanece lo último, él mismo ahora utiliza un programa avanzado de computación para, primero, diseñar complejas figuras de acción que luego trasforma en monigotes que ya no son de tela, sino de fibra de vidrio y que pueden medir hasta tres o cuatro metros de alto.

Ha destinado una habitación entera de su casa, ubicada en el barrio de Solanda, en el sur de Quito, para confeccionar sus monigotes. Y parece que el espacio no es suficiente, pues hay piezas sueltas por todas partes, incluso en la entrada de la casa hay dos piernas enormes de lo que parece ser un robot gigante.

Una pared roja está decorada con máscaras de fibra de vidrio, son pesadas, unas del Jocker, de Batman; otras del Depredador de Arnold Schwarzenegger. En frente está Gokú, quien no necesita mayores referencias y, junto a él, los brazos y el torso del gran Optimus Prime, el líder de los Autobots en Transformers.

Guerrero comienza a elaborar sus monigotes con dos meses de anticipación. Esta noche se reunirá con su familia y algunos amigos. “Unos cuatro no más, porque la mayoría ya se casaron y ya no asoman. Éramos ocho hace unos años”.

Como ya no utilizan ramas de eucalipto para las chozas, ahora se los muestra tal cual, a la intemperie, sin un techo y, en el mejor de los casos, en una tarima con música. “Son cosas que se van perdiendo”, dice Guerrero. “Antes uno se reunía una semana antes para recoger las ramas. Como los niños ya no ven eso, no tienen ese ejemplo y dejan a un lado esta tradición”.

Wilson Guerrero, hermano del Édison, cuenta que buena parte de sus conocidos ya no fabrican sus propios monigotes. “Ya no los hacen en la casa. De este sector somos de pocos los que todavía fabrican sus viejitos. Han cambiado mucho los tiempos y la gente se ha acostumbrado a comprarlos. Sale más rápido”.

De todas formas, en Solanda habrá un escenario completo con cinco figuras en tamaño real y la familia Guerrero junto a los cuatro amigos todavía solteros.

Familias que mantienen la tradición

Buscan ropa, hilo, aguja y periódicos en desuso. “No solo sirven para madurar aguacates”, dice Fausto Cabrera. Él y su novia, Johana, quisieron hacer su propio ‘viejo’. “Fue un año muy bueno para ambos. Concretamos cosas, vivimos juntos y tenemos amigos y familias que nos quieren muchísimo”.

– Hay tradiciones que ya son parte de uno, donde quiera que uno esté o con quien quiera que uno esté. Seguro, si estuviéramos lejos, en otro país, haríamos lo mismo.

En otro hogar de la capital es el turno de Belén Hurtado de hacer el monigote. Ella tiene 23 años y es la menor de tres hermanas. (Diario La Hora)

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