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Rafael Correa ahora sí acusa el golpe. El caso Balda y el hecho de haber sido vinculado por la Fiscalía a esa investigación, como autor intelectual de un intento de secuestro, le despojan de ese aire prepotente y de ese quemeimportismo a toda prueba que exhibió en su gobierno.

El mundo que se construyó, en una operación de propaganda sin precedentes en el país, se le derrumba. La realidad es cruda y su impronta se le nota. El ex presidente muestra un desasosiego manifiesto. En su lenguaje –es claro en su enlace digital del sábado– han aparecido palabras impronunciables mientras fue el caudillo autoritario: habla de tiempos duros. De estar desgarrado. Destrozado. De estar en un mundo de locos, de ingratos, de traidores. De que un día se desquitará…

No admite, sin embargo, culpa alguna. Lo suyo es el rol de perseguido. De víctima. Como Lula da Silva. Por eso habla de una guerra jurídica en su contra; de un fiscal nombrado para perseguirlo; de unos testigos manipulados para que lo acusen. Como si no tuviera que responder por nada, tras diez años de autoritarismo, abuso de poder, persecuciones, uso y abuso de la Justicia, cifras manipuladas, contratos chuecos y lesivos para el país, corrupción…

Correa hace su show, se repite como si su mundo no girara, pero es indudable que ahora sí acusa el golpe. Los procesos que hay en su contra pueden desembocar en sentencias que lo pueden llevar a la cárcel. O, en el caso de peculado, lo pueden inhabilitar políticamente de por vida.

Es obvio que Correa no vendrá a hacer compañía a Jorge Glas en la Cárcel 4. Pero su realidad procesal hipoteca sus posibilidades políticas que, hasta ahora, creía mermadas, pero intactas. Su vinculación al caso Balda y a otros escándalos (el caso Singue, la comercialización de crudo con Petrochina, el manejo de la deuda externa, el IESS…) lo sitúan más en el ámbito judicial que en el político. Le permiten, quizá, victimizarse pero no pensar en sacar rédito político. Esas posibilidades son cada vez más exiguas. Entre más suene su nombre en los estrados judiciales, más se erosionará su base política, menos incondicionales tendrá y más se desdibujará su deseo de volver al país.

Políticamente la situación del ex presidente luce paradójica por una razón que él mismo describió en su enlace digital: dijo que no hay morenismo en el país sino anticorreísmo. Puede ser verdad. Y eso significa que su futuro político correrá en dirección totalmente contraria a la dinámica que creó, en buena medida, el propio Lenín Moreno. Las investigaciones sobre la década perdida y la necesidad de reinstitucionalizar al Ecuador, militan en su contra. Y abren la puerta a una nueva etapa política en la cual Correa, lejos de ser el imán, juega el rol de repelente.

El expresidente se equivoca, entonces, al creer que Moreno lidera el proceso anticorreísta. Lo que él hace es  interpretar, a su favor es cierto, otro momento político, caracterizada por el rechazo a lo ocurrido en la década pasada, que moviliza fuerzas nuevas y tradicionales del país. Jaime Nebot lo ha entendido y ya empezó su campaña presidencial para el 2021. Este miércoles, 13 de junio, estará en Quito para dar una conferencia al lado del expresidente chileno Ricardo Lagos y luego almorzar con una veintena de empresarios .

Correa está perdiendo en todos los tableros. Una condena lo obligaría a permanecer en el exterior, convirtiéndolo en un líder armado de twitter y enlaces digitales. Es decir, la nada. Y sin él, Maná, o cualquier otro partido, pierden todo atractivo electoral y se verán forzados, para hacer política, a pasar la página y apostar a otros líderes.

Es inviable, en ese contexto, que los llamados a movilizase alrededor de una asamblea constituyente encuentren un asidero electoral. Correa tiene esta vez razón: atraviesa por tiempos duros. Y de juicio en juicio es posible que su situación se complique cada vez más. Su caso puede terminar pareciéndose al de Bucaram. Pero él en Bélgica y Bucaram en Panamá. (José Hernández – 4 Pelagatos)

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