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Carlos Ochoa tendrá que disculparse con Teleamazonas: lo ordenó la jueza Lucila Gómez. Y aunque ha apelado, su línea de defensa es tan absurda que es altamente probable que ese fallo sea ratificado. En todo caso, la decisión de la jueza prueba que, poco a poco, el país se reencuentra con la racionalidad y el sentido común. Ochoa había sancionado, en calidad de Superintendente de Información y Comunicación, al canal con 10% de la facturación de los últimos tres meses. Sanción disparatada y abusiva que aplicó siendo él la supuesta víctima, el acusador y el juez del caso.

Teleamazonas no quiso publicar una réplica que Ochoa envió luego de una entrevista de Janet Hinostroza a Lourdes Cuesta. En ella, la asambleísta de CREO lo criticó y éste, en vez de replicar en una entrevista, pretendió imponer la difusión de un video pregrabado de seis minutos.

Ochoa ya está destituido por la Contraloría y ese fallo seguramente será ratificado. En semanas, desaparecerá de la escena pública y su eclipse será celebrado en las salas de redacción del país: Ochoa es, desde ahora, un ser de triste recordación. Es el rostro siniestro del correísmo que quiso destruir el periodismo que no estaba a su servicio. Lo hizo con furor e inquina. Construyó un aparato conformado por abogados, supuestos semiólogos e intelectuales (tipo Hernán Reyes) para castigar y humillar a los medios de comunicación.

Ochoa representa la peor cara del correísmo: su vocación inquisitorial. Su deseo insensato de imponer su relato como verdad única. Su intención patológica de convertir a los periodistas en torres repetidoras. Su miedo pavoroso a ser escrutado. Su anhelo retorcido de no ser contrariado ni confrontado con la realidad.

Ochoa, que nunca despuntó en el periodismo antes de la Revolución Ciudadana, se convirtió en el secuaz dócil y diligente de los prejuicios más sombríos de Correa: cobrar cuentas atrasadas de lo que vivió en su juventud. Humillar a los dueños de los medios. Asfixiar financieramente a las empresas –no cerrarlas– hasta llevarlas a la quiebra. Empapelarlas administrativamente para no dejarlas trabajar. Disuadir a los inversionistas de poner un dólar en una industria que el gobierno transformó en campo minado. Sacar del oficio a los periodistas conocidos… En fin, convertir los medios ante la opinión en los enemigos del país y en los defensores de intereses oscuros. Ochoa, quien apenas fue reportero, se convirtió durante el correísmo en autoridad máxima destinada a castigar a todos sus ex jefes y compañeros de trabajo.

El fallo de la jueza Lucila Gómez es una gran noticia para la democracia en el país que necesita una prensa sin cortapisas. Ahora la opinión sabe que Correa atacaba a los medios porque no quería fiscalización alguna. Porque temía no poder transformar, con total impunidad, una coima en asesoría. Y el escándalo de Odebrecht en una empresa de desestabilización contra su gobierno. Correa no quería prensa libre porque ésta se ocupa de los hechos de la realidad. Y para él la realidad no es la que existe sino la que él creaba con su aparato de propaganda.

La desaparición de Ochoa (en semanas) del espacio público es una buena señal. Falta tumbar la Ley de Comunicación; verdadero bodrio contra este oficio promovido por Correa y los suyos y articulado por Mauro Andino y asesores suyos, con contratos millonarios, como Romel Jurado.

Sin Correa, sin Ochoa y sin esa ley mordaza, será posible para muchas empresas periodísticas volver a pensarse en vez de sobrevivir o vivir para defenderse. Hay, en general, un enorme retraso y desfase en el campo periodístico. Hay secuelas inconmensurables de la autocensura instalada por Correa y su vasallo Ochoa en algunas redacciones del país. Hay reticencia entre empresarios que ahora entienden la importancia de tener en el país medios independientes del poder político, y también económico y religioso, pero que se preguntan si invertirán, sin ser perseguidos, cuando la ley lo permita.

Ochoa atentó gravemente contra el oficio que ejerció y violó la Constitución muchas veces como Superintendente de Información y Comunicación. Él vendió sus servicios a un poder que creyó poder comprar periodistas (tipo Jorge Gestoso, Carlos Rabascall…, o callarlos persiguiendo las empresas donde trabajan. Para eso sirvió Ochoa. Despreciable labor la suya.  (José Hernández – 4 Pelagatos)

Foto: La Hora

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