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Hay ciertos personajes de la política que, a pesar de haber causado serios daños al país, no han recibido su merecida dosis de crítica. Alfredo Palacio es uno de ellos, porque no sólo que fue un mal presidente, sino que, adicionalmente, fue quien puso a Correa en el escenario para que poco después se convirtiera en presidente.

Paralelamente, hay ciertos personajes ficticios que se han convertido en parte de la cultura popular, a veces sin guardar total fidelidad con el personaje original de la novela. Un ejemplo es Frankenstein, que en la cultura popular es el nombre que se le da al desproporcionado monstruo creado con partes de cadáveres. El problema es que él no se llamaba Frankenstein. En la novela, ese es el nombre del doctor que junta las piezas y arma el monstruo. Frankenstein es el nombre del creador del monstruo, no del monstruo en sí.

En eso, Alfredo Palacio se parece al creador del monstruo. Pero tampoco es inocente de otras culpas, sobre todo de mala política económica.

El error más grande de la política económica de su corto gobierno fue la destrucción de las fuentes que alimentaban los fondos de ahorro petrolero. Esa fue una idea que provino de su entonces ministro de finanzas (en esa época un economista desconocido, que usó ese puesto para hacerse famoso, que ya famoso sobre endeudó al país y que actualmente habita en áticos, sufriendo de problemas auditivos en entrevistas de televisión).

El gobierno de Palacio no destruyó los fondos de ahorro (comparables con una cuenta de ahorro), pero sí destruyó las fuentes que los alimentaban. O sea, había una cuenta de ahorros, pero no le entraba plata. O sea, esa cuenta no cumplía ningún papel que no sea decorativo.

Ese fue su mayor error. Pero hubo otro que no se quedó muy atrás en gravedad: haber desperdiciado la oportunidad de firmar un Tratado de Libre Comercio (TLC) con los Estados Unidos.

Y nuevamente, Palacio no rompió las negociaciones con los EE.UU., pero las llevó a un punto en que los mismos norteamericanos se retiraron de la mesa. Primero fue la explosión de la Oxy y luego vino el cambio del impuesto a la renta pagado por las empresas petroleras. La suma de las dos cosas hizo que la delegación norteamericana abandonara las negociaciones y que algunos en nuestro país se alegraran y cantaran odas de alabanza a la supuesta soberanía recuperada el perder un TLC.

Y ahora, sin TLC, el acceso de los productos ecuatorianos al mayor mercado del mundo está condicionado a la buena voluntad de los EE.UU. que, cada dos años en promedio, decide (ellos sí soberanamente) si renueva o no las preferencias comerciales que concede al Ecuador. Y eso se lo debemos a Frankenpalacio, el creador de Correa. (Vicente Albornoz – Diario El Comercio)

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