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Si los deseos movieran montañas, Ecuador sería un caos. No solo habría convulsión nacional: Lenín Moreno ya no estaría en Carondelet, pues Ricardo Patiño y otros correístas ensayaron una canción para botarlo. Ayer el correísmo debía mostrar su capacidad de movilización ciudadana: Rafael Correa llamó a sus seguidores, desde su ático en Bélgica, a una masiva movilización en Quito o en otras ciudades. Esta incluía celebrar el aniversario de Jorge Glas, el legítimo vicepresidente del Ecuador, según dice en su video, frente a la cárcel 4 en Quito, donde el ex presidente purga una condena de seis años de cárcel.

El balance es catastrófico. Las personas y medios más generosas anunciaron la presencia de 150 personas frente a la cárcel 4. Y la manifestación de decenas o centenares de miles anunciados, se transformó en un escuálido número que se reunió en el Arbolito, para luego avanzar hacia la Plaza de Santo Domingo, en el centro de Quito.

Este 13 de septiembre se ratificó que el correísmo dejó de ser un movimiento de masas y que su presencia política se debe a dos factores: una decisión política de morenistas y nebotistas de no cambiar la relación de fuerzas en la Asamblea (lo cual deja casi intacta la representación del correísmo en algunas comisiones y en el CAL) y la presencia mediática de ciertas figuras correístas (Marcela Aguiñaga, Pabel Muñoz, Soledad Buendía…) que aprovechan los micrófonos que les tienden pero carecen de base social. El fracaso de la movilización anunciada para este 13 de septiembre lo prueba.

El correísmo es hoy, en su expresión pública, una cofradía de miembros se arropan y se protegen porque muchos de ellos están siendo investigados en el país. Su discurso es inviable porque se choca contra eventos, documentos y pruebas que muestran el daño que produjo a las instituciones y al erario nacional. La capacidad de convocatoria de Correa se ha reducido como cuero húmedo bajo el sol. Basta ojear las cuentas sociales de Correa para comprobarlo. O ver el número de reproducciones de su llamado a la marcha de ayer: es pírrica. Como el número de manifestantes que salieron hoy a su pedido a la calle en el país.

Correa ha dejado de ser un fantasma para el país y para el gobierno. No solo no logró perpetuar su línea de gobierno: tampoco logró que el electorado tuviera nostalgia de su gobierno. Y últimamente no ha podido soliviantar al electorado contra el gobierno de Lenín Moreno. Este 13 de septiembre Correa y sus seguidores juntaron dos motivos para ello: mostrar a su sucesor como el autor de un supuesto paquetazo económico y volcar la opinión hacia Jorge Glas; un hombre que sirve sus intereses y a la vez los amenaza. Le sirve porque encarna, a sus ojos, la víctima del gobierno de Moreno. Por eso ha tratado de posicionarlo como prisionero político. Pero a la vez Glas es un hombre que sabe demasiado y que ya está preso. Es, por lo tanto, susceptible de arreglos judiciales a cambio de información. Se entiende que Correa y los suyos lo hayan convertido en eje de atención y ensalzamiento.

En definitiva, las estrategias de los correístas han fracasado. Su líder no abriga posibilidad alguna de volver a Ecuador y su futuro parece más vinculado a las cortes que a un proyecto político con posibilidades de cuajar. Correa jugó una de sus últimas cartas este 13 de septiembre: pidió a los suyos que se contaran en las calles y el resultado es fatal para él: el correísmo está biológicamente muerto.

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