Compartir

Jorge está en huelga de hambre. A primera vista, su objetivo es presionar al gobierno para que se disponga su retorno a la Cárcel 4, en Quito. También buscaría posicionar su caso nuevamente ante la opinión pública. Llamar la atención de organismos internacionales sería otra de sus pretensiones. La violación de Derechos Humanos es la bandera de lucha que cobijaría, en general, la demanda de uno de los hombres más importantes de la década pasada. Sin embargo, una lectura alterna de los hechos llevaría el análisis por distintos cauces. En realidad, la dieta voluntaria del ex vicepresidente tendría otros fines y otros serían los receptores de su mensaje. En ocasiones, rasgar un poco más allá de lo evidente y asumir las consecuencias de las incertidumbres que de allí se derivan, se torna necesario. Imprescindible, dirían algunos.

Cuando Jorge llega a la vicepresidencia, allá en ese lejano mayo de 2017, su apuesta es a gobernar sin necesidad de ostentar la primera magistratura. Toda la maquinaria de la década pasada está a su disposición y los actores también, Ricardo entre ellos. Si bien no confía del todo en el nuevo alfa, sí lo podía hacer respecto al único y sempiterno alfa. Además, él estaría allí, a su lado, cuidándolo y protegiéndolo, al menos hasta que los hilos de la política se encaucen. Luego, el temporal descanso del verdadero líder dejaría a Jorge es condiciones de preparar el retorno. Hasta allí el libreto inicial. Ninguno, Jorge y Ricardo incluidos, esperaban todo lo que se vino.

De hecho, la orden de prisión, apenas cuatro meses después de los festejos, colocaba en un abrir y cerrar de ojos a Jorge frente a la encrucijada de tomar las de Villadiego o asumir los costos de la traición, en sus palabras. Huir era signo de debilidad. Una ligera estancia a la sombra permitiría, por el contrario, que Ricardo maniobre desde el propio gobierno para así retomar el control de la política. Estar tras las rejas unos pocos meses, al final, era un pago ínfimo a cambio de las recompensas que dejaron los diez años de dilapidación. Así lo decidieron: Jorge de no muy buen talante y Ricardo repitiendo una y mil veces que esto de la cárcel sería efímero.

Sin embargo, el tiempo pasa implacable y Jorge sigue preso. Los jueces y fiscales que antes juraban lealtad eterna al “proyecto” ahora parecen dar un paso al costado. Los alfiles que cubrían los espacios de poder van saliendo de a poco y ahora las llamadas de solidaridad escasean. Todos huyen. Unos lo hacen bajo el amparo de tener familia en el extranjero, otros invirtiendo mucho a cambio del retiro del grillete. Los más perspicaces, gozando del estatus de funcionarios internacionales. Lo cierto es que el único que está pagando los costos de la fiesta generalizada es Jorge. Eso no es justo. Le prometieron pocos meses y ya va más de un año. Le garantizaron tranquilidad y ahora está en la cárcel de Latacunga. Le dicen que han perdido espacios, que ya no es como antes pero que, tarde o temprano, va a salir. Con ese cuento le tienen de semana en semana… y nada.

Pero lo que Ricardo no valora es que Jorge no es un preso cualquiera. Jorge tiene recursos económicos pero sobre todo tiene el poder que da la información. Sabe todo y de todos. Esa es su mejor carta de juego y la puede usar en cualquier momento. Si los altivos y soberanos no le están cumpliendo con el ofrecimiento de recobrar su libertad entonces él puede dejar de lado su silencio. Los amenaza. Los intimida. Por eso es a ellos a quienes dirige la huelga de hambre. Por eso la dieta de Jorge en realidad no le dice nada al gobierno, ni a la opinión pública, ni al contexto internacional. Lo que busca Jorge con esa medida es poner en alerta al de Bélgica, al del grillete, a Ricardo. El mensaje es claro: o le cumplen o empieza a repartir responsabilidades entre todos.

Por eso el ex canciller, ex ministro y ex todo de la década pasada reacciona, se asusta, y en su desesperación llama a combatir a fuerza de patadas e insultos, que es lo mejor de su curriculum vitae. Pero en realidad, no hay de qué preocuparse. A Ricardo no le interesa incendiar las calles ni mucho menos. Su jugada va por otro lado. Lo que hace Ricardo es dar una señal a Jorge de que todos están pendientes de sus procesos judiciales, que no lo van a dejar solo, que lo van a sacar de allí tarde o temprano. Más temprano que tarde. Al final, tampoco ha pasado tanto tiempo.

El intercambio de Jorge y Ricardo no es convencional. No es de cartas ni llamadas. Es mucho más sofisticado. Implica un intenso tira y afloja. Conozco mucho de todos ustedes le dice el uno. No te exaltes que estamos en eso, contesta el otro. Mi paciencia y silencio se acaban replica el ex No 2. Tampoco es cuestión de echar a la borda todo lo que hemos creado juntos en estos diez años, le responde Ricardo. Esta revolución no la para nada ni nadie, insiste Ricardo, tratando de bajar la tensión. Incluso le ofrece ir preso, inmolarse o lo que fuere pero a cambio de que mantenga el silencio. Ya todo va a pasar. ¿Hasta cuándo sigo preso?, le dice Jorge.

Pero allí no concluye el intercambio. Al contrario, puede seguir subiendo de tono si a Jorge no le cumplen. Las amenazas pueden pasar a hechos más ciertos y reales que la huelga de hambre. Alertados están. El silencio cuesta y la información que se tiene de todos es valiosa. Pero a Ricardo tampoco le va a tratar así. Al final, ellos están libres. En Ecuador o en otros lares, con órdenes de prisión de por medio, pero libres. A veces conocer mucho también es un problema, le dice en tono más serio Ricardo. Administra bien tu silencio y tus amenazas, estimado Jorge, agrega. Tú conoces bien nuestros códigos y no valdría que por hablar demás lleguemos a tener que asumir decisiones drásticas contigo, concluye. (Santiago Basabe – 4 Pelagatos) Caricatura: Vilma Vargas

Dejar una respuesta

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí