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En anteriores entregas he demostrado que la Ley Orgánica de Comunicación (a la que Alfonso Reece le suele agregar certeramente el apelativo de “Amordazada”, con el conocido resultado de la “LOCA”) fue el producto de la mezcla incestuosa de la orden dada en la Constitución de 2008, para que en el plazo de 360 días se expida “la Ley de Comunicación” (cosa que jamás se cumplió) y de la respuesta concretísima dada a la novena pregunta de la Consulta Popular de mayo de 2011; mezcla incestuosa que fue tomando forma paulatinamente, sin que nadie cayera en la cuenta, merced a las reiteradas violaciones legales que para el efecto se cometieron a lo largo de casi cinco años, en que se pretendió dizque cumplir aquella orden constitucional ya caducada en el año 2009. Solo para apreciar mejor esto último, tengamos presente, a manera de ejemplo, que, según el art. 61 de la Ley Orgánica de la Función Legislativa, el “segundo debate” para la aprobación de una Ley debe hacerse en una sola sesión; pero, resultó que el “segundo debate” para la aprobación de la LOCA se llevó a cabo en cinco sesiones diferentes y en tres años distintos (2011, 2012 y 2013) y, peor aún, ¡en dos legislaturas diversas!

De igual forma, en otras entregas, también he criticado las diferentes inconstitucionalidades, ilegalidades y torpezas con que nació la LOCA, como la creación de la Superintendencia de la Información y Comunicación (Supercom); como las meras declaraciones huecas de que la “comunicación” dizque es un “servicio público” (similar al del “agua potable”) y de que la “información” es un “bien público” (similar al Boulevard 9 de Octubre); como aquello del “linchamiento mediático”; o como la infame afirmación de que los medios de comunicación dizque están obligados a “cubrir y difundir los hechos de interés público” (¿a juicio de quién?), que viola descaradamente el “derecho a la libertad de expresión” y el “respeto irrestricto” que el Estado le debe a ese derecho, según el art. 384 de la Constitución, ya que a los medios de comunicación nunca se le impusieron en ella “contenidos”, salvo los casos de los “estados de excepción”, de las “réplicas” y de las “rectificaciones”; o como aquel sacrilegio jurídico de aceptar que el superintendente juzgue infracciones e imponga sanciones, como si fuera juez; para no hablar del famoso derecho a la “réplica” que en la práctica dio carta blanca para que los diarios independientes se vean obligados a reproducir al pie de la letra todas las sandeces y autobombos que al replicante se le ocurrían, y hasta con su propio maquetado; ni tampoco para hablar del atorrante aprendiz de Torquemada que el Ecuador tuvo que soportar como único superintendente de la inquisición que le impuso la LOCA a los medios de comunicación independientes.

Confieso que hasta hace poco endilgué íntegramente todas las violaciones, estulticias e impudencias de la LOCA a sus autores y patrocinadores, como consecuencia exclusiva de su ignorancia, de su resentimiento endémico y de su revanchismo envenenado, sin más análisis; pero, después de terminar de leer el magistral libro Tatay Correa, de Lourdes Tibán (Quito, julio 2018), he llegado a la conclusión de que la LOCA fue –además– la pieza clave que sirvió para instaurar en el Ecuador una era de persecución y miedo, en la que ya se había empezado a trabajar con asesoría extranjera desde antes de que se instale la tristemente célebre Asamblea Constituyente (tal y como lo demuestra Osvaldo Hurtado en su libro Dictaduras del siglo XXI, el caso ecuatoriano), principalmente con la tan disimulada creación del inocente Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, que con siete miembros a la orden del Ejecutivo quedó destinado a designar al procurador general, a los superintendentes, al fiscal general y al contralor general, a quienes antiguamente los designaban más de cien diputados del Congreso Nacional; enorme diferencia que demuestra toda la razón que tuvo hace pocos días Alfonso Reece al manifestar en su columna de EL UNIVERSO del 24 de septiembre que los comportamientos anormales del correísmo contra la supuesta “larga noche neo-liberal” no fueron simples errores de mentes opacas, sino “una creación intencional, seguramente pautada por asesores internacionales con el propósito de instaurar un Estado totalitario”; lo cual ahora, en retrospectiva, parecería confirmado al recordar que a medida que el entonces presidente Correa empezaba a ejercer el poder, él fue construyendo los propios enemigos que iba a necesitar a lo largo del camino, y así principió con los “ricos y pelucones”, representados principalmente por los banqueros, los propietarios de los medios de comunicación independientes y los empresarios en general; pero, para combatirlos y después eliminarlos, él necesitaba refundar al Ecuador, como empezó a demostrarse cuando uno de sus predilectos corifeos se permitió cuestionar a Montesquieu y a su división de los poderes.

Continuaremos en una próxima entrega, Dios mediante.

… la LOCA fue –además– la pieza clave que sirvió para instaurar en el Ecuador una era de persecución y miedo, en la que ya se había empezado a trabajar con asesoría extranjera desde antes de que se instale la tristemente célebre Asamblea Constituyente…”

(Emilio Romero – Diario El Universo)

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