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El presidente Moreno capitaliza los triunfos democráticos del país. Ahora que dos funcionarios del correísmo –funcionales los dos, investigados los dos, impresentables los dos– se sacaron los ojos, la balanza se inclina a favor del sucesor de Correa. Su bloque pondrá el reemplazo de Serrano, mantendrá mayoría en el CAL y seguramente presidirá algunas comisiones del legislativo. Lo mismo sucedió con la consulta popular: se volvió un enorme balón de oxígeno para Moreno. Le permitió verse en el cargo con una legitimidad cuyo déficit fue evidente desde el 24 de Mayo. En resumen, el cierre de la era correísta y sus consecuencias políticas y judiciales, benefician por supuesto al país pero, con particular énfasis, al Presidente de la República.

Esa comprobación parece obvia. Lo que no luce claro es el beneficio que debería acarrear para la sociedad. El Presidente no parece dispuesto a procesar las implicaciones del voto democrático en la Consulta para inhabilitar a Correa y la presión ciudadana que derivó en la destitución de Serrano y en el juicio político contra el fiscal, Carlos Baca Mancheno. Si se oye a Moreno, en la entrevista que dio a CNN en su viaje a Chile, da la impresión de que él arrasó en la elecciones. O que la inhabilitación de Correa y la destitución de Serrano se deben al trabajo exclusivo suyo y de su grupo parlamentario. No solo que no es así sino que gran parte de sus asambleístas –incluyendo a las tres candidatas a reemplazar a Serrano– ni siquiera estuvieron presentes en la sesión en que Serrano perdió su cargo.

El dilema que se está creando es otra vez shakesperiano para la sociedad: entre más se entierra a Correa y a sus corruptos, más poder tiene Moreno. Y entre más factores de poder acumula, más Moreno parece convencido de que el país votó masivamente por él y a favor de esa vía sinuosa, socialista y correísta, que él no dice adónde conduce. Una vía que, a pesar de las declaraciones de tolerancia, implica defender a Maduro, evitar que la ONU venga a investigar la corrupción y proponer a María José Carrión, ciega contumaz ante los escándalos de sus colegas, para reemplazar a Serrano.

Esas son las contrapartes que Moreno exhibe ante el país: gana la consulta y a la masa de ciudadanos demócratas que votaron contra el modelo correísta, el presidente les dice que él es socialista y cambia a Carlos de la Torre por una correísta de primera hora. Se caen Serrano y Baca Mancheno y Moreno reincide en el relato que ha ido fabricando y que es ajeno a la realidad. Dos ejemplos que evocó en Chile en la entrevista de CNN. Moreno dice que Correa se pervirtió cuando, en vez de recurrir al pueblo, usó la Corte Constitucional y la Asamblea Nacional para votar la reelección indefinida. Es decir, en diciembre de 2015. Y cuando le preguntan si no es corresponsable de la corrupción, pues fue vicepresidente durante seis años, se escapa por las ramas más altas: dice que, como estaba en el área social, no fue acucioso en temas económicos. Que escuchaba que había temas de corrupción pero que pensó que eran acusaciones infundadas. Y que Correa y los suyos articularon tan bien la corrupción que la volvieron sistemática y que, además, sabían lo que había que hacer para evitar que la justicia esté encima.

Es obvio que en los dos casos, el Presidente acomoda las verdades para no tener que responder por la ola de corrupción; ya evidente durante los seis años que estuvo en el poder. Moreno sabe que Correa no fue un mal tipo a partir de 2015: lo fue apenas llegó al poder. Sabe de sus exabruptos y excesos de poder. Y sabe que hasta 2013, que él estuvo en la vicepresidencia, se sucedieron escándalos de corrupción sin que él marcara, en ese campo, distancia alguna.

Moreno inventa un relato que ni explica lo que ocurrió ni construye política pública en este momento político. La realidad es que está captando espacios de poder sin responder con hechos a la opinión democrática que, sin otra posibilidad, ha contribuido en forma decisiva en sus triunfos políticos. Y lo ha hecho más pensando en evitar que Ecuador se venezolanice que en apoyar las derivas socialistas que ahora Moreno tanto reivindica. Pero a estas alturas, sus relatos (acomodados o inventados) no interesan. Importan los hechos. Y esos hechos son crudos. Lenín Moreno no ha concretado la única promesa que hizo a la sociedad: pedir a la ONU que investigue aquí, como lo hizo en Guatemala, la corrupción.
Lenín Moreno pide que aquellos que han participado en actos de corrupción den un paso al costado. Y para reemplazar a Serrano acepta que una señora como María José Carrión, que ignora lo que es la ética, haga parte de la lista de candidatos.
Moreno habla de democracia y admite que Venezuela es una democracia (la enumeración es suya) con detenidos políticos, un millón de desplazados, opositores ajusticiados como Óscar Pérez y un centenar de muertos. ¿Cómo puede llamar aquello democracia?

Hechos como éstos muestran a un Presidente y a sus asambleístas enfadados con la coherencia, ajenos a la sindéresis. Y mientras tanto acumulan poder… ayudados por la sociedad que apoya sus proclamas democráticas. Alguien se está engañando. O ya es hora de que Lenín Moreno haga coincidir su retórica de salón con los hechos decisivos de su gobierno. (José Hernández – 4 Pelagatos)

Foto: Presidencia de la República

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