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Si la Cancillería es el ministerio rector de la política exterior, pautada por el Presidente de la República, hay que concluir que María Fernanda Espinosa no habla con Lenín Moreno. Es inaudito que sobre temas cruciales sea desautorizada y que tenga que improvisar sobre la marcha. Es lo que está haciendo en el caso de la demanda planteada por Rafael Correa y Ricardo Patiño ante la Organización de los Estados Americanos (OEA).

En el Mensaje del lunes pasado Moreno se distanció de la actitud mamerta que ella asumió. En vez de repetir la letanía seudo nacionalista del correísmo, que fue lo que la Canciller despachó en contra del Secretario General de la OEA, Lenín Moreno hizo lo correcto: invitó a la OEA a que venga a constatar los nuevos aires de libertad que se respiran en el país. Es obvio que eso es lo que tenía que hacer su Canciller. ¿Acaso no está convencida que Ecuador es mucho más presentable ahora, en el plano de las libertades políticas, que bajo el gobierno de Correa? Moreno recordó el lunes los epítetos que Correa endilgó a la OEA y preguntó si recurrir hoy ante ella es coherente. 72 horas después, la Canciller se da por enterada de que la actitud de doble rasero de Correa y, en vez de volver a atacar a Luis Almagro, dijo que van a mostrar las inconsistencias de la demanda presentada por el ex mandatario. Y cambió a Marco Albuja, embajador del correísmo en la OEA.

El martes en España, Moreno corrigió, igualmente, el tiro de la Cancillería al tomar distancia de Venezuela: “Es evidente que hay demasiados presos políticos y muchos muertos, más de 100 ya son bastantes”. Espinosa nunca ha denunciado la dictadura de Maduro y la ha solapado bajo la tesis de la no injerencia en los asuntos internos de los estados. La cuña que introduce el Presidente, más su declaración sobre las dictaduras (“No me gusta aquellos que tratan de disfrazar de democracia las dictaduras, nadie tiene derecho a reelegirse indefinidamente…”), constituyen piezas fundamentales para un cambio en la política exterior de cara a las dictaduras de Cuba y de Venezuela.

En vez de esto, la Canciller rema a favor de las posiciones más retrógradas y antidemocráticas en el continente. Fue ella quien pidió al Ministro de Defensa presidir la delegación ecuatoriana a la reunión del consejo político del ALBA. Solo a ella se le ocurre enviar a un acto proselitista de ese calibre al ministro de las Fuerzas Armadas que un día ella quiso alinear con la revolución correísta. Y solo a Patricio Zambrano se le ocurre aceptar tamaño dislate.

No solo mandó al Ministro de Defensa de la República a hacer loas a los dictadores que su Presidente, por lo que ahora dijo, detesta. Le pidió la autorización a Zambrano  para usar el avión Sabreliner para llevar la delegación. Es decir, incurrir en gastos, en época de vacas flacas, sin que se logre percibir el interés que pueda tener el país postcorreísta en reuniones de dictadores y aprendices a serlo.

¿Y a quién envió Espinosa como delegado de la Cancillería? A Juan Meriguet, militante de la vieja izquierda ultra radical, cuota de Ricardo Patiño y esposo de una de las mayores odiadoras de los demócratas durante el correísmo: María Augusta Calle. El Universo recordaba, ya en 2010, que informes de inteligencia la señalaban como contacto en Ecuador del mayor cartel de la droga y de la extorsión en el mundo: las FARC. Ese es el menjunje que María Fernanda Espinosa llama política exterior.

Ahora ella piensa dar una “respuesta contundente” a la OEA y mostrar el doble lenguaje, la trágica incoherencia de Correa. El problema de la Canciller es que ella está en las mismas. No hay línea de coherencia alguna en la política externa. Y por eso, las señales de los aires nuevos que se respiran en el país no se conocen afuera. Ella es la responsable por mantener la estructura que dejó Patiño en la Cancillería y por premiar con embajadas a personajes tan poco presentables como Guillaume Long. Él encarna a la perfección ese correísmo ruin que defiende atentados miserables contra los derechos políticos de los ciudadanos.

María Fernanda Espinosa no solo está desfasada con respecto al nuevo momento político y democrático que vive el país: está desfasada con el propio Presidente que dirige la política externa y que, en los hechos, la ha desautorizado. Se antoja por lo que se ha evidenciado que un remezón se impone en la Cancillería. (José Hernández – 4 Pelagatos)

Foto: Cancillería de Ecuador

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