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“La Constitución de Montecristi será nuestra bandera”: con aire militante, usted Presidente Moreno lo volvió a decir, el 26 de octubre, casi al final de su intervención en el Hotel Quito. La Constitución de Montecristi, el espíritu de Montecristi, las ilusiones de Montecristi…: no hay duda de que usted acaricia nostalgias de viejas pasiones vividas en el correísmo.

“En la pasión –escribió Borges– el recuerdo se inclina a lo intemporal”. ¿Y qué hay más intemporal que el mito? Usted hurga en esos espacios mentales que Correa y otros jerarcas de la Revolución Ciudadana pretendieron cargar de contenidos supuestamente épicos. Desde el mito fundador hasta el intento pueril de eternizarse en museos como nuevos próceres de supuestas gestas emancipadoras.

Montecristi figura en ese mapa. No hay cómo olvidar la parodia hecha con las cenizas de Alfaro y la grandilocuencia cursi de ciertos discursos en la instalación de la Asamblea Constituyente en Manabí. Montecristi parió una Constitución que es una recopilación de deseos. Era patético ver a sus amigos consignar sus anhelos, multiplicarlos sin jamás preguntar por las condiciones y los presupuestos que se requerían para volverlos realidad.
Por eso Correa y su partido se llenaron la boca (todavía lo hacen) hablando de “la mejor constitución del mundo”. Es obvio que lo sea: allí hay derechos para repartir, sin dinero para satisfacerlos. De esa manera, no progresan los países ni sus habitantes conviven mejor. Entonces, ¿qué quiere usted Presidente, recuperar de Montecristi? ¿La nostalgia tan intemporal como abstracta? ¿El diseño institucional hecho alrededor del culto al Estado, la concentración de poder, el sometimiento de la sociedad –toda la sociedad– al poder político y su total impunidad? La pregunta de fondo, tras diez años de lo que el país ha visto y vivido, es: ¿por qué quiere usted enarbolar la bandera y celebrar el espíritu de Montecristi? ¿Ese es su programa político y su horizonte ideológico para después de la consulta del 4 de febrero?

Ah, se dirá –de hecho usted lo ha hecho– que Montecristi fue un momento de unión de muchos sectores en el país. Y claro que lo fue. Pero fue usado políticamente para ponerlo de remolque de una ideología vetusta que no cree en la democracia ni en las libertades personales y que no cree en el mercado ni en el emprendimiento privado. Una ideología que, sin decirse marxista y peor leninista, se inspiró en las cenizas del marxismo leninismo para convencer a los ciudadanos de que una vanguardia ilustrada y esclarecida se había hecho cargo del poder y no lo soltaría por los próximos siglos. Vanguardia de manos limpias, mentes lucidas y corazones ardientes. Y que habría suficientes ochoas o caupolicanes para educar a los disidentes. En la cárcel o en el exilio. Nadie hace tortillas sin romper los huevos.

Montecristi parió un poder disciplinario, autoritario y totalmente vertical. Un poder notarizado a nombre de un partido cuyos militantes, aún hoy, creen que las instituciones y los bienes del Estado son de su propiedad. Un poder oscuro, controlador, cínico, capaz de engatusar con un discurso y hacer totalmente lo contrario. Un poder corrupto y absolutamente competente para producir un personaje siniestro, según la descripción que usted ha hecho de su predecesor. ¿Qué quiere recuperar de todo aquello, Presidente?

Volver a Montecristi, enarbolar su bandera: ¿para qué? Si el problema del país es salir de casi todo lo que representó Montecristi. Evaluar lo que se dijo y lo que realmente sucedió. Dejar de creer en mitos insulsos. Hacer leyes que se puedan aplicar. Organizar la convivencia democrática creando oportunidades para los más desfavorecidos. Modernizar las universidades que existen en vez de inventarse ficciones como Yachay. Apostar al pragmatismo en vez de conjugar ilusiones y macerar espejismos épicos.

El país no necesita más hojarasca ideológica sino mayor sentido de la realidad. No necesita más lemas y próceres sino más empresas y más facilidades para crear empleo y riqueza. El país no necesita volver a Montecristi sino conciliar democráticamente para salir de las camisas de fuerza que ese espíritu creó. Y sobre todo, el país para madurar y no seguir evadiendo la realidad (enancado en el síndrome del chivo expiatorio) necesita admitir que Correa no fue la negación de Montecristi sino su mejor expresión.
¿Para qué quiere usted, Presidente, volver a ese tipo de utopía que, como ocurrió en otros países, fue mortífera para Ecuador?. (José Hernández – 4 Pelagatos)

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