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El mundo se enfrenta constantemente a la aparición de líderes creyentes en su presencia como única y salvadora para sus países. Hay tantos en la historia nuestra y universal. A veces se dan por generación espontánea, tal vez porque hay cambios estructurales en el mundo que facilitan su discurso mesiánico. Quizás estamos viviendo una de esas épocas (digo quizás, porque a veces creemos erróneamente que nos sucede algo único), por la conjunción de la crisis del 2008 no solo económica sino de valores, por un nuevo equilibrio de poderes (ejemplo, Asia y China frente al resto del mundo), por los flujos migratorios que sobre todo en Europa desestabilizan sociedades, por una percepción de creciente desigualdad (aunque lo más notable en las últimas tres décadas es cómo tanta gente ha salido de la pobreza), por las nuevas tecnologías que amenazan empleos, y los nuevos mecanismos de comunicación que resaltan diferencias y nublan la reflexión frente a la reacción instantánea. Como han señalado algunos expertos, todo esto lleva quizás a un enfrentamiento “nosotros contra los demás” y genera un espacio para los líderes populistas que aprovechan esas diferencias.

Ahí tenemos todo el socialismo del siglo XXI, y la Revolución Ciudadana (RC) en particular (cada día surgen nuevas aristas: la última, cómo se intentó salvar a Assange manipulando todo lo imaginable). Pero también Trump, el nuevo Bolsonaro, la alianza Sánchez-Iglesias en España, y más. Una de sus graves esencias es no aceptar los principios básicos de las sociedades que han cambiado el mundo en los dos últimos siglos (con todos los defectos que eso pueda tener), siendo uno de esos principios la tolerancia frente al pensamiento ajeno, por eso surge la duda ¿las sociedades tolerantes pueden ser tolerantes con quienes quieren destruirlas? Como señala Alicia García en El País: “… la inteligencia de Bobbio estriba en especificar que la base del juego democrático, es decir, los derechos individuales y el Derecho mismo frente al poder, no son reglas del juego democrático, sino el presupuesto necesario para que este pueda desplegarse: jugar a un juego con el objetivo de destruirlo es ser un enemigo del juego… de ahí viene el recuerdo de la “paradoja de la tolerancia” planteada por Popper, el peligro de que una excesiva tolerancia con quienes no respetan la tolerancia pueda terminar por amenazar la supervivencia de las sociedades basadas en ella…”. Un dilema básico.

Las sociedades positivas se sustentan efectivamente en el respeto a los derechos individuales (los colectivos no existen), en el Estado de derecho (no el Estado de derechos como plantea Montecristi) y la democracia entendida no como una suma de momentos electorales, sino un sistema que a través de la alternabilidad y el equilibrio de los poderes intenta limitar el poder del Estado. Recordemos máximas de la RC: solo el que gana elecciones tiene ciertos derechos, el equilibrio de los poderes es una cosa del pasado, la reelección indefinida mejor defiende los derechos del ciudadano, el Estado nunca pierde frente a los particulares porque está por encima de ellos… No solo debemos estar atentos, sino no dejarnos por el sentido de la tolerancia. (Pablo Lucio Paredes – Diario El Universo)

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